hasta la gran lejanía.
Todo fue arena,
y así se volverá,
en la mandíbula del tiempo .
Vacilantes y pesados,
mis pasos ante la pirámide ,
viejo guardián del desierto,
con candor de verdugo,
en su rigidez despiadada.
De repente, bajo mis pies,
la tenue sorpresa,
Juan Martín Rodríguez
Notario de Madrid
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de una tarjeta de visita,
con la dirección de Arguelles,
cercana a la mía.
Seguimos todo el día,
seguramente bajo sus pasos,
hasta caer removido, con polvo de siglos,
en aquella cama, de ancestral
memoria.
Antes que yo mismo,
mis ojos,
debieron entrar en el sueño,
fundiéndose sin voluntad,
con las estrellas mas luminosas,
de la noche egipcia , sobre la blanca arena,
mientras una sombra,
se perdía al fondo,
sin que pudiera gritar su nombre .
Se lee, como lo cantaba.
Volví al barrio,
fui en su busca,
la notaría austeramente cerrada ,
en su casa , nadie sabía de él ,
y su mujer, no le buscaba.
Sobre Arguelles,
de nuevo, la noche egipcia.
Mirarlo y cerrar los ojos,
¡Esa voz!, ¡En aquella luz ¡
Se desparrama poderosa su ausencia,
hasta las sombras,
mas allá de éxodos y dinastías.
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Mi corazón no está en mi cuerpo |
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No te preocupes por mi |