Yo llevo un tiempo muerto,
Y tú otro confinado.
¿Te acuerdas
de mi último whatsapp?
¡Ay amigo!
Tú mueres en mi lugar,
Y yo escribo en el tuyo.
¡Querido José Luis!
Estoy abajo,
quizás sueño,
pues te siento,
encima, encima.
Yo llevo un tiempo muerto,
Y tú otro confinado.
¿Te acuerdas
de mi último whatsapp?
¡Ay amigo!
Tú mueres en mi lugar,
Y yo escribo en el tuyo.
¡Querido José Luis!
Estoy abajo,
quizás sueño,
pues te siento,
encima, encima.
Deberían haber llegado,
sentenció Enrico (1),
tiempo ha.
¿Existen?
O quizás como nosotros,
no pueden,
no podrán nunca,
acompañar,
a esas luces remotas,
que nos llegan,
casi fúnebres.
Nunca es tarde
todavía,
pero quizás,
estamos solos,
infinitamente solos,
los vivos,
y nuestros espectros
más queridos.
Infinitamente todavía.
(1) Así afirmaba el gran físico Enrico Fermi la imposibilidad de que nos visitaran habitantes de otros planetas, con un tono que no nos auguraba un buen final, en nuestra milagrosa soledad.
“Si el sol dudase un momento se apagaría"
William Blake
Qué luz
me vas a exigir
a mí,
que no tengo
una sola certeza.
Solo aspiro a que,
de cuando en cuando,
en el ocaso
del día,
con el sol enterrado,
mis destellos,
iluminen tu mirada.
No fue el amor
violento y frío,
de Enrique Lihn,
el de los puertos
Fue tierno, pero
con tanto placer,
que se elevó
espasmódicamente,
como un titán,
sobre ella
para caer fulminado,
cubriendo su hermoso cuerpo.
Quizás la mejor muerte
Y el peor recuerdo.
Nadie volvió,
a susurrar
su nombre así.
Y no fue,
el amor frío
Y violento de los puertos.
Federico llenaba
un vacío de la Biblia,
el de la risa.
Se reía religiosamente,
con tal intensidad,
que consolaba
al instante,
en los duelos,
las penas,
más devastadoras.
Nunca supe su secreto,
Si era un don,
o una inocencia
muy combativa.
Nunca vaciló,
en la risotada,
hasta el final.
Buscando el sonido
no dudaba.
Cuando se desafina,
por veredas, calles
Y balcones,
le recuerdo siempre
escuchando.
No dudaba
pues nunca olvidó,
el bombardeo en Colonia,
del gran órgano,
de la Academia,
gimiendo desgarrador,
a través de las llamas.
Cómo no iba a saber
afinar el sonido de nuestros tropiezos,
choques y heridas encendidas,
hasta la armonía soñada.
Si buscamos,
Tampoco olvidaremos.
En memoria de Franz Mohr, afinador musical.
Había enmudecido
El viejo motor,
Un laberinto de esfuerzos
Y desgastes entre cojinetes,
nerviaduras,
y barras metálicas,
a los que el recién llegado,
no era indiferente,
con una destreza,
de música callada,
lo arregló limpiamente,
en giros rápidos,
y pidió un precio
tan justo,
que cuando se fue,
tuve que sentarme,
y respirar hondo,
porque supe,
que te ibas a curar,
con toda justicia.